
El Arca de Gaia.
Novela de ciencia ficción.
Comenzada a escribir el día tres de febrero de 2017 en San Fulgencio (Alicante).
Terminada de escribir el día tres de marzo de 2017 en San Fulgencio (Alicante).
Las piras de la humanidad.
La larga hilera de los que escapan, unidos por una fuerte cuerda colorada, destaca desde millas de entre las grises rocas envueltas de blanca nieve. Ascienden la montaña sin importarles el frío en busca de un paso que les aleje de todos los males. Allí abajo, en el valle que antes era su hogar, se ven las piras en llamas que queman sus casas, que queman a los quedaron atrás, que queman a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos.
La jauría que les persigue se siente cada vez más cerca, los asesinos que la empujan contra ellos se apostan de cuando en cuando y disparan contra la columna que interpérrita continúa a pesar que alguno de los suyos caiga abatido por las balas de sus acosadores. Parece que al final no lo van a conseguir, parece que van a ser pasto de las fieras.
Uno de los hombres que huyen hace un alto y se suelta de la cuerda, se aleja unos metros y se sienta sobre una gran piedra desnuda. El que va en cabeza, el guía, el que los manda, para y deja descansar a los demás, sólo un minuto advierte. ¿Qué te ocurre? reclama al que se apartó. Nos darán alcance, ahora no te rindas, sigamos y un poco más arriba les plantaremos cara.
Está decidido, vosotros seguid, salva a los niños y a las mujeres, detrás de la montaña está la tierra de los hombres libres, yo haré que paren, cuando os alejéis volaré este risco con la dinamita que llevo y provocaré un alud que con suerte acabará con esos malnacidos. Si no los paramos aquí, harán tiro al blanco en el otro lado. Está bien hermano, pero escapa cuando vueles las rocas, no te quedes a ver si murieron, te necesitamos para volver a empezar al otro lado. No te preocupes, le contesta el que va para héroe, os daré alcance; pero si no lo consigo y mi cuerpo queda aquí, cuída de los míos.
El valiente, se pertrecha trás un imponente saliente mientras mina la base que lo sostiene, ve cómo se aleja la cordada y de refilón observa cómo alguién arrastra a la fuerza a su amada que intenta soltarse de la cuerda. Unos minutos después han desaparecido tras el siguiente saliente, a pocos metros del paso que tan bién conoce. Escucha los ladridos excitados de los perros que azuzados por los criminales armados buscan hacer presa de los suyos, ya puede oler la sangre que llevan los primeros en sus bocas, sangre de los que han ido cayendo en esta caza del hombre por el hombre. Hace sobre su pecho la señal de la cruz, se encomienda a lo que va a venir, levanta la cabeza sobre el saliente, ve y observa como los primeros tiradores le ven también a él, levanta un morral lleno de cartuchos, una pequeña estela de humo sale de entre los pliegues de la bolsa, ve el miedo en los ojos de los que quieren matarle, deja caer el paquete en la base del saliente y ya no oye nada, ya no siente nada, su vida transcurre como entre tinieblas, luego algo parecido a un brutal crujido, y el lamento de los muertos, un olor acre entre sangre y fuego que todo lo inunda. Y al otro lado de la montaña, un grupo de más de mil personas, algunas heridas de bala, y todas llenas de esperanza atraviesan la frontera, unos policías vestidos de verde con tricornios negros levantan la cancelan, y un pelotón de ellos apuntan sus fusiles hacia la montaña, lo han conseguido, están a salvo, están en España.
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